Insomnio,
pensamientos inconexos que vienen y van.
En el claroscuro de tu voz encontré el eco de mis palabras,
unas para mentir, otras para herir, otras para amar.
No es el paso del tiempo lo que nos hiere,
es la rutina,
la contención de las emociones.
Veo nacer otro día,
la luz pinta nubes de rojo anaranjado;
empiezan a difuminarse las palabras en mi mente,
y las que quedan ya no tienen tanta importancia.
Habrá que poner un vaso de agua al sol de la mañana
y beberla sorbo a sorbo hasta que esa luz llegue a mis entrañas.
Un ritual,
renacer a un nuevo día, a una nueva vida...
Oigo ruidos rutinarios: la cafetera, la radio, la ducha…
preconizan la vuelta a una realidad cotidiana;
pero hoy no,
hoy será distinto,
¡nada tengo que perder!.
sábado, 24 de septiembre de 2016
Qué quiere el puente
Qué quiere el puente
que al agua llama.
Que quiere el río
que al árbol riega.
Qué quiere el árbol
que besa el agua.
¿Será el amor del árbol
por la ribera?.
¿Querrá el rumor del río
que su agua beba?.
¿Será a quien cruza el puente
que mi amor lleva?.
domingo, 17 de julio de 2016
Microrrelatos: Otra vida
El primer vehículo de cuatro ruedas que pude comprar fue un Citroën GS de tercera mano. Un buen coche.
En aquellos años el radio-casete era lo más moderno que podíamos encontrar como sistema de audio para los utilitarios. Yo había instalado uno nuevecito en el salpicadero, el mismo que me robaron la noche del sábado siguiente. En principio, un disgusto, pero eché a rodar mi red de información que consistía en un grupo de conocidos del barrio que se movían en esos ambientes de intercambio de objetos robados.
Al día siguiente, Roberto, más o menos asiduo en la antigua pandilla, llegó con el casete y me lo entregó como signo de amistad. Yo sabía que él no había sido el autor del robo, aunque era dado a gastar ciertas bromas pesadas, además, no sé exactamente por qué, a mí me tenía un especial aprecio.
Remontándonos años atrás, recuerdo que Roberto vivía solo en casa desde los quince años. Sus padres habían comprado una nueva casa en otra zona de la ciudad y, como era hijo único, le dejaron la casa del barrio para que la cuidara. Solo salía del barrio a la hora de comer para ir a casa de sus padres, otras veces ni eso, pues su madre le traía la compra para varios días y él se las apañaba bien.
Roberto solo había ido a la escuela de educación primaria. Una auténtica pena, porque era una de las personas más inteligentes que he conocido. Con solo unos libros sobre electrónica, montaba o arreglaba cualquier cacharro que caía en sus manos.
Era bien parecido por lo que, durante el tiempo que le seguí la pista, nunca le faltó compañía femenina. No tenía pereza para montar guateques en su casa que disfrutaba en compañía de los más allegados. Era un organizador nato; cuando él se ponía, hacía las cosas a lo grande. Sus ideas solían ser originales y divertidas, y a veces peligrosas.
Pero un problema apareció en su vida, el problema endémico de la droga de ese tipo de barrios y de jóvenes que querían dinero rápido y con poco esfuerzo. Sus padres prácticamente casi se desentendieron de él, o más bien diría que ambas partes se fueron alejando.
La verdad es que su integración en el mundo de la pandilla, creada alrededor de un hogar juvenil que había en el barrio y formada por veintiún chavales de casi la misma edad, nunca fue definitiva. Él llevaba sus vidas paralelas y rara vez se cruzaban, pues inteligentemente trataba de evitar el mezclar al grupo en sus trapicheos, quizá para salvaguardar de alguna forma un ambiente más sano donde poder respirar cuando se encontraba agobiado.
Alguna vez pasé por un taller de motocicletas que había montado cerca del barrio. Me llamó la atención la gran cantidad de clientes que tenía, pues solo llevaba unos meses en el negocio. Luego me enteré de que se había hecho un experto en un corto periodo de tiempo. Indudablemente, este chico era un portento. Detrás de una sonrisa guasona, de una mirada viva y de un aspecto algo abandonado, había un diamante en bruto con una agudeza casi hiriente, pues sabía siempre poner el dedo en la llaga y los puntos sobre las íes.
Unas semanas después de mi visita supe de que había cerrado el negocio. Había terminado con la misma rapidez con que había despegado. La verdad es que esto no me sorprendió demasiado pues, conociéndole y sabiendo que para él todo era un juego, no me extrañaban esos altibajos.
Pasados unos años, a la vuelta de mi periplo por el ejército, me dijeron que se había sumergido en el mundo de la droga y que había sido encarcelado.
Un día me lo encontré trabajando de portero en un teatro de la ciudad. Le saludé afectuosamente, con verdadero cariño, pero también disimulé mi asombro, pues estaba tremendamente envejecido; sus ojos apenas brillaban y su voz alegre se había convertido en un susurro. La cárcel y la droga le habían pasado por encima como una auténtica apisonadora. Años después supe de su muerte en un hospital de la ciudad.
sábado, 16 de julio de 2016
Microrrelatos: Cuando llega la noche
Cuando llega la
noche, los miedos se adormecen, estoy más vivo; tanto que no quisiera que
llegara otro amanecer para seguir con la rutinaria lucha. Mi imaginación se
dispara: leo, escribo, improviso; aunque mi cuerpo esté cansado, mi mente tiene
ganas de salir a la calle y correr, volar. Pero esa maldita costumbre de ser
consciente del día siguiente, estérilmente razonable, hace que vuelva a una
realidad irreal, que los meses, años, pasen como un sueño recurrente lleno de
tonos grises, de miles de variaciones de lo mismo.
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